
Originario de la región occidental de África, en la actual Etiopía, el consumo de café ya era costumbre arraigada en las tribus del continente mucho antes de que las semillas del cafeto desembarcasen en las costas europeas procedentes del puerto de Moka- Yemen- desde donde zarpaban los navíos con sus bodegas repletas de sacos de café.
Desde entonces dos han sido las principales zonas de producción en el continente negro, las cuales se distinguen entre sí por su grano y diferentes sistemas de cultivo. En la zona occidental- Kenia, Tanzania, Uganda y Etiopía- éste se realiza en terrazas para poder aprovechar de forma óptima el agua de la lluvia, produciendo un café que sobresale por su acidez. Mientras tanto, en los países orientales- Camerún y Costa de Marfil- las plantaciones se ubican en áreas llanas que posibilitan el trabajo con maquinaria, explotando especialmente el café robusta.
En el otro lado de la balanza se encuentra Sudáfrica quien se escapa de la tradición cafetera de sus vecinos, con una escasa producción de café autóctono. Además, el consumo de este producto se sitúa a kilogramos de distancia de la media de países como EE.UU. o Finlandia, oscilando su ratio alrededor de los 0,5 kg per cápita. Este hecho se debe a la costumbre de consumir en los hogares sudafricanos la infusión resultante de la mezcla de café y achicoria. Sin embargo, en las últimas décadas se ha registrado en la nación un crecimiento constante gracias a la apertura de locales especializados y empresas torrefactoras que acercan el café de calidad a la población local.
En la actualidad África sigue ocupando un lugar preferente entre los productores mundiales, proveyendo a los mercados internacionales de algunos de los mejores orígenes de la variedad arábica como el café Cimaza procedente de Kenia o Moka Limú del sur de Etiopía.
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